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viernes, 16 de agosto de 2013

FABULAS

Introducción

   Duelos y quebrantos, según cuentan y se refleja en El Quijote, era una fritada hecha con huevos y grosura de animales (especialmente torreznos o sesos) que se comía antaño, en tiempos de semiabstinencia, los sábados de Cuaresma, en los reinos de Castilla. Como tales, también podían entenderse otras cuestiones de estas palabras (quizás no tan agradables como las gastronómicas), según el contexto en las que las quisiéramos ubicar al servicio de nuestros intereses y/o intenciones. De ello me surge la idea de lo sencillo que resultaría reutilizar estos cuentos que siguen y los ya publicados en anteriores entregas, con otros propósitos (incluso oscuros), para los que en un principio no fueron pensados.
   Indudablemente no tengo "Patente de Corso" para decir que mis interpretaciones sean las únicas posibles, las más idóneas o exactas. No, ni mucho menos. Pero tampoco me gustaría que se mal interpretara, y mucho menos que se hiciese un mal uso para crear confusión intencionadamente. Todo lo contrario. Busco únicamente, si ello es posible, hallar algo de claridad en esa maraña de dudas, intereses, miedos y demás cuestiones que nos rodean, con la sencillez que emana de estos relatos. Intentar mirar las cosas con la ilusión, la inocencia y la apertura de mente que solo un niño (de los de antes) tiene. Ser lo más primario posible, aunque ello nos cueste enfrentarnos con tantas bestias de dientes retorcidos como hay a nuestro alrededor. Buscar la pureza de las cosas, aunque tengamos que pagar el precio de que nos llamen intolerantes. Decir: "somos realistas, pedimos lo imposible", como diría Ernesto "Che" Guevara, para conseguir lo que en justicia nos pertenece, aunque sea pagando el máximo precio que podamos pagar por defenderlo.
   Quizás esté equivocado en lo que planteo, quizás no. Esto no es a mí a quién corresponde decirlo. Ello lo hará quien tenga que hacerlo y cuando llegue el momento. Por ello, en esta entrega, me limitaré únicamente a contar las fábulas sin comentarlas, pues mucho yerra el que mucho habla, y este que suscribe ya lo ha hecho suficientemente, y que cada uno saque sus propias consecuencias. Dejémonos de gaitas y empecemos:

El forense

   En el Techo del Mundo, o sea en el Tíbet, un peregrino, con motivo de una larga peregrinación a uno de los santuarios más sagrados, encontró tres cráneos. La noticia se extendió por todas partes y llegó hasta el rey. Los tres cráneos se habían encontrado juntos y nadie conocía su procedencia. El rey sintió gran curiosidad por el suceso y ordenó que le trajeran los cráneos. Los colocó ante sí, los observó y se preguntó - «¿A quiénes pertenecerían estos cráneos? ¿Qué clase de personas serían sus propietarios?» Y quedó pensativo y se dijo: «Me gustaría saber cual de las tres personas era la más bondadosa».
   El monarca era un hombre joven, que valoraba la benevolencia en los seres humanos. Aquellos cráneos le intrigaban. ¿Cómo investigar algo sobre ellos? Entonces le hablaron de un médico forense.
   - Hacedle venir -ordenó el rey-. Quiero ver a ese médico lo antes posible.
   Unos días después, procedente de remotas tierras del País de las Nieves, llegó el médico.
   - Tengo conocimiento de que eres no sólo un piadoso hombre, sino un gran forense. No te voy a encomendar una tarea fácil, pero confío en ti. Mira estos tres cráneos. Los encontró un peregrino en una de sus peregrinaciones. Estaban juntos y yo no he podido dejar de preguntarme cuál de ellos pertenecía a la mejor persona de entre las tres. ¿Podrás averiguarlo?
   - Necesito unos días, majestad -dijo el médico serenamente-. En ese tiempo espero poder traeros una respuesta que os satisfaga.
   - También yo lo espero -concluyó el rey.
   El médico se llevó los cráneos con él. Durante unos días se encerró a investigar minuciosamente sobre los mismos. En principio no era una tarea sencilla. Unos días después, el médico acudió a visitar al monarca. El rey no podía disimular su impaciencia.
   - ¿Has descubierto algo? -se apresuró a preguntar.
   - Sí, señor, tengo la respuesta.
   Colocó los tres cráneos sobre una mesa y señaló uno de ellos.
   - Éste, seguro, era el cráneo de la persona más bondadosa.
   - ¿Seguro? -preguntó escéptico el rey-. Quiero una explicación convincente
   El médico se expresó así:
   - Cogí uno de los cráneos, le clavé un alambre por uno de los oídos y observé que el alambre salía directamente por el otro oído. Sin duda se trataba de una persona a la que lo escuchado a los demás le entraba por un oído y le salía por el otro.
   El médico retiró ese cráneo y añadió:
   - Mirad, majestad, este otro cráneo. Lo investigué a fondo. Introduje un alambre por el oído y salió directamente por la boca. Era el cráneo de una persona que, indiscretamente, contaba en el acto todo lo que había escuchado.
   El monarca no pudo reprimir la risa. Luego se puso serio y dijo:
   - ¿Y el tercer cráneo?
   El médico tornó entre sus manos el tercer cráneo y añadió:
   - Señor, este cráneo es el que pertenecía a la persona más bondadosa. ¿Por qué? Os lo explicaré. Recurrí de nuevo a la prueba del alambre. Inserté el alambre por uno de los oídos y éste apareció hacia el corazón. Así se evidencia que esta persona escuchaba con amor a los demás y sabía guardar sus secretos. No era solamente la más bondadosa, sino también la más sabia y prudente.

El ermitaño

   Se había construido lo que los tibetanos denominan un riteu (eremitorio) en el bosque y llevaba años entregado a una vida de austeridad y meditación. Era un anciano que dependía de la caridad de las buenas y pacíficas gentes que habitaban en el pueblo más cercano. Estas gentes eran las encargadas de proporcionarle los escasos alimentos y prendas que el ermitaño necesitaba. Pero en los últimos meses los malhechores habían invadido varias veces el eremitorio, habían robado comida y prendas al ermitaño y le habían golpeado.
   Cada vez que las piadosas gentes del pueblo abastecían al ermitaño, llegaban los maleantes, le robaban y lo golpeaban. A pesar de ello, el ermitaño les sonreía afectuosamente y les animaba amorosamente a que robaran todo lo que quisieran. Así, estimulados, robaban todo al anciano, se mofaban de él y le daban una paliza. Pero el ermitaño no perdía la sonrisa ni las palabras bondadosas ni el cariño hacia los que le robaban.
   Exhalaba tanta paz y benevolencia, que uno de los maleantes se arrepintió de sus fechorías y le contó lo que sucedía al alcalde del pueblo. Impresionados por el proceder del anciano ermitaño, el alcalde y una comitiva del pueblo acudieron a visitarlo. Le encontraron apaciblemente sentado, la serenidad en sus ojos de mirada amorosa, la semisonrisa floreciendo en los labios, la paz exhalando de toda su figura. El alcalde rompió el silencio para decir:
   - Respetado anciano, nos hemos enterado de que desde hace meses te vienen robando, insultando y golpeando y que tu devuelves cariño a los que así te tratan injustamente. Al menos, ¿no pudiste enfadarte y gritar, a ver si alguien te oía y podía socorrerte, o por lo menos así lograbas liberarte de los malos tratos de esos indeseables?
   El anciano extendió su mano surcada por las abultadas venas de su avanzada edad, la dejó tiernamente sobre la del alcalde y dijo:
   - Buen hombre, yo no puedo hacer otra cosa que la que hago. Devuelvo compasión por golpes porque es lo que llevo dentro. No puedo forzar mi naturaleza. Y es que el amor es una actitud, y cuando uno lo conquista, surge espontáneamente.

El buscador insatisfecho

   Era la suya una búsqueda larga e incansable, a pesar de ser todavía joven. Rastreaba la Verdad como el sabueso lo hace en busca de alimento. No cejaba en su empeño, pero ninguna enseñanza terminaba de satisfacerle, No hallaba la paz interior que tan vivamente anhelaba. Era víctima de una insatisfacción profunda que le consumía y atormentaba día a día. Nada le dejaba satisfecho. Se había abocado en la búsqueda espiritual y había consultado maestros, guías espirituales, eremitas y monjes. También se había deleitado con los placeres desenfrenados de la diversión, las aventuras más mundanas y los lujos de todo tipo. Su insatisfacción iba en aumento. Buscaba por doquier, tanto en lo sagrado como en lo profano. Conocía todas las religiones y había disfrutado de las más voluptuosas y atractivas mujeres, de viajes de ensueño y de aventuras de todo tipo. La insatisfacción era como un fuego abrasador. La búsqueda no cesaba. A pesar de su juventud, las canas de la zozobra habían hecho su aparición en sus cabellos; el brillo de sus ojos se había disipado para convertirse en una sombra de melancolía; nunca reía.
   Era la insatisfacción como un chacal mordiendo su corazón. Entonces oyó hablar de un sabio que moraba en el Tíbet. ¿Por qué no ir a visitarle, si disponía del tiempo y los medios para ello? ¡Pero tantos sabios, monjes, ermitaños y maestros había visitado ya...! Como nada tenía que perder, el acaudalado joven decidió viajar hasta el País de las Nieves. ¡Ya había hecho tantos viajes infructuosos! Preguntó en pueblos y aldeas:
   - Decidme, ¿dónde puedo hallar a Teilzin, conocido como el sabio solitario?
   Por fin encontró una indicación fiable y se dirigió hacia el lugar que le habían señalado como la morada del sabio. En la empinada ladera de una montaña había una minúscula ermita donde el sabio habitaba. El joven trepó por la ladera y llegó hasta ella. La puerta estaba abierta y en su interior, en la semipenumbra, se divisaba la figura del sabio. El insatisfecho buscador, sin decir palabra, se sentó a la puerta de la ermita. Transcurrieron los días y sus noches. Una mañana el sabio salió de la ermita y se sentó a su lado. Dijo:
   - Saber esperar es importante. La paciencia es importante. La búsqueda es importante.
   - No hago otra cosa que buscar y estoy desesperado -confesó el joven.
   - ¿Y en qué puedo ayudarte, yo que no hago otra cosa que esperar pacientemente mi disolución y mi entrada en el Vacío?
   El joven comenzó a hablar de su búsqueda, sus viajes, sus aventuras, sus denodados esfuerzos y, en suma, su inmensa y desbordante insatisfacción. El sabio le escuchaba con atención
   -Mi insatisfacción es cada día mayor -se lamentó el joven-. He adquirido enormes conocimientos metafísicos y místicos; he obtenido fabulosas sumas de dinero y he contado con los amigos más leales y las mujeres más hermosas; he recibido honores y privilegios. He probado innumerables diversiones y he conocido toda clase de personas, incluidas las más famosas e influyentes. ¿Para qué? Aparentemente nada me falta, pero en realidad, nada tengo. No sé qué puedo hacer.
   - Eres un buscador -dijo el sabio cariñosamente-. No me cabe duda de ello, pero no has sabido buscar. Te has sabido llenar de todo, pero has dejado vacío lo único importante: tu cuenco interior.
   - ¿Mi cuenco interior? -preguntó extrañado el joven-. No tengo ni idea de a qué te refieres.
   - Pues entonces, escúchame bien. A los buscadores, es decir, a aquellos que tienen inquietudes espirituales, El Absoluto les pone un cuenco vacío en su interior. Este cuenco vacío nunca puede llenarse con experiencias externas o conocimientos librescos o diversiones o logros exteriores. No hay otro modo, créeme, para poder llenar este cuenco interno deberás hacerlo por ti mismo. A través de la ética genuina, la meditación y el desarrollo de la sabiduría, uno va llenando este cuenco con uno mismo, en la medida en que uno completa su desarrollo. Mientras este cuenco interior no se colma, uno experimenta inevitablemente insatisfacción y desconsuelo. Llénalo y te sentirás pleno en ti mismo. En la voluntad de hacer y acumular, no es posible hallar el verdadero reposo de la mente, sino en la experiencia de la mente iluminada.

El peregrino

   Era un buscador de la Verdad Suprema. Vagó por las tierras del Tíbet sin descanso hasta que halló un yogui que vivía en un eremitorio. Era un lugar muy silente, magnífico para poder apaciguar la mente y reposar del largo peregrinar.
   - ¿Podría quedarme aquí unos días? -preguntó al yogui.
   - Haz como te plazca -repuso el yogui indiferente.
    El peregrino se quedó en ese paraje que era como un desierto a cuatro mil metros de altitud. El silencio era tan total que resultaba sobrecogedor. Las noches eran gélidas, pero los días soleados y cálidos. Era un yogui adusto y que severamente llevaba a cabo sus prácticas diarias de meditación. Pero un día el peregrino se atrevió a preguntar claramente:
   - ¿Cómo soy yo?
   El yogui le miró fijamente y repuso de manera escueta:
   - Como una vaca.
   El peregrino se quedó estupefacto, sin poder casi creer lo que oía. ¡Vaya comparación la de ese hombre!
   El yogui, contemplando el asombro imposible de disimular del peregrino, preguntó:
   - ¿Acaso no comes?
   - Sí, lo hago.
   - También lo hace una vaca -dijo el yogui, para a continuación preguntar- ¿Acaso no duermes?
   - Sí, todas las noches.
   -Como una vaca. Y dime, ¿acaso no defecas?
   -Sí, lo hago, todas las mañanas.
   - Como una vaca. 0 sea, ya lo ves, eres como una vaca.
   Entonces el peregrino protestó:
   - No lo creo.
   El yogui sonrió. Hizo una pausa y dijo:
   - Esa es la diferencia: que tú dudas y la vaca no. Si dudas inteligentemente y la duda te conduce a seguir tu investigación espiritual sin descanso y un día hallas la Verdad Suprema, entonces dejarás de ser como una vaca. Si no es así, no habrá diferencia entre tú y la vaca... salvo que las vacas son más simpáticas y pacíficas. Depende de ti ser como una vaca o desarrollar tu consciencia, pero si decides quedarte en la consciencia de vaca, al menos se noble y pacífico como tal.

El Dalai Lama

   El Dalai Lama es el jefe espiritual de una las escuelas del Budismo Tibetano. Han habido hasta la fecha catorce Dalai Lamas. Uno de ellos era un personaje muy singular en todos los aspectos y se le atribuye la siguiente historia.
   Tenía fama de mujeriego y se tenía por seguro entre las gentes de la ciudad que por las noches, furtivamente, abandonaba su palacio y buscaba mujeres con las que relacionarse sexualmente. Era un tántrico, es decir, un seguidor de la enseñanza para transmutar todas las energías, incluidas las sexuales. Se servía del disfrute para sacarle su fuerza y trascenderlo, y lo instrumentalizaba así para el acrecentamiento de la consciencia.
   Ni que decir tiene que sus gentes no lo entendían y lo único que hacían era perderse en críticas adversas hacia Su Santidad y chismorrear de lo lindo. Para ellos el Dalai Lama era un simple vividor, un juerguista desenfrenado. Para colmo, este hombre también escribía y componía poemas eróticos. El caso es que la gente comenzó a estar más irritada con él, ya que pensaban que debería ser un hombre piadoso y recatado. El descontento iba en aumento. Constantemente se cotilleaba sobre la irrefrenable lubricidad del jefe espiritual de los tibetanos.
   Un día el gentío, irritado, se presentó ante el palacio del Dalai Lama para exigirle explicaciones y reprocharle su comportamiento.
   El Dalai Lama salió a la balaustrada. Se escucharon voces increpándole y descalificándole. ¿Qué sucedió entonces? Algo insólito. Su Santidad, el respetable Dalai Lama, el jefe espiritual de la iglesia tibetana, se levantó la túnica azafranada, sacó al viento su miembro viril y, desde la balaustrada, dejó escapar cierta cantidad de esperma. Hubo un «ioh!» generalizado, estupefacción, asombro indescriptible. Pero cuando el semen estaba deslizándose por el aire, en dirección a los asistentes, el Dalai Lama lo reabsorbió con su miembro viril, se cubrió con la túnica y dijo apaciblemente:
   -¿Os dais cuenta? Parece igual, pero no es lo mismo. Cuántas veces se tiende a juzgar a la ligera y a simplificar en exceso las cosas.

El zorro

   Todos sabemos que el zorro, si de algo tiene fama, es de astuto, igual que no desconocemos que si por algo es célebre el camello es porque tiene gran capacidad para hacer trabajos pesados y puede resistir mucho en todos los órdenes. Una zorra estaba tranquilamente disfrutando del sol al atardecer. La brisa era acariciadora y los últimos rayos resultaban deliciosos. Estaba la zorra dormitando, cuando pasó por allí corriendo a la desesperada un zorro. Las zorras son curiosas, además de muy inteligentes, y ésta no era una excepción. Preguntó:
   -Amigo, detente un momento. ¿Qué te ocurre?
   El zorro apenas aminoró la marcha. De detenerse, nada. Se le veía aterrado y, con voz entrecortada, dijo:
   - Un grupo de hombres está reuniendo camellos para llevar a cabo unos trabajos muy pesados.
   - Pero no seas bobo -replicó la zorra extrañada-, ¿acaso tienes tú algo que ver con los camellos? Pero si no tienes el menor parecido con ellos.
   Y el zorro, sin dejar de correr, gritó:
   - Siempre puede surgir algún intrigante que asegure que yo soy un camello y a ver entonces quién me libra del trabajo. Además, no ha nada más peligroso que un ser humano cuando se pone a intrigar

Ser humano

   Los maestros Tibetanos dicen:
   Imagina una sola tortuga en un inmenso océano y que ésta sólo saca la cabeza a la superficie una vez cada millón de años.
   Sigue imaginando. Imagina un aro flotando a la deriva sobre las aguas del descomunal océano.
   Escucha bien. Más difícil aún que la tortuga introduzca la cabeza en el aro cuando sale a respirar a la superficie, es haber nacido con forma humana. Aunque todo esto pueda sonar excesivamente homocentrista, haber nacido humano es un don inapreciable. No lo desaproveches y concede a tu vida un sentido profundo de lucidez y sobre todo de compasión. Recuerda que somos los guardianes de nuestros hermanos.

La inflexibilidad

   Cuentan que una vez crecieron juntos un junco y un roble. Al cabo del tiempo el roble se hizo un enorme y engreído árbol que menospreciaba al junco burlándose de esta manera:
   - Qué pequeño y esmirriado eres. No vales ni el palmo de tierra en el que estás plantado. Ni siquiera tienes ramas y tu tronco no aguantaría ni un cuarto de kilo. Yo, sin embargo, soy grande, tengo poderosas ramas y mi tronco es mil veces más robusto que el tuyo. No sé ni siquiera por qué te hablo. Deberías enorgullecerte por esto.
   El junco ni se inmutaba ante tales palabras, mas se entristecía de que su compañero, el roble, estuviese tan pagado de sí mismo.
   Un día un tornado arrasó la comarca y mientras que el roble se oponía a la virulencia del aire con todo su vigor, el junco se plegaba. Tan fuerte era el tornado, que terminó arrancando el roble.
   Cuando llegó la calma, el junco se mantenía en pie porqué no se opuso frontalmente a la enorme fuerza que les atacaba, sino que la supo eludir, mientras que el roble cayó por creerse invulnerable, terminando por convertirse en leña para los leñadores. Al verlo el junco se decía:
   -Tanta vanidad y soberbia ¿de qué te han servido? Tu inflexibilidad ante el tornado te ha llevado a tu propia caída.

El miedo

   Hubo una vez un caminante que terminada su jornada pidió posada en un albergue. En éste, debido a que estaba completo, solo pudieron ofrecerle un ático apartado. Como estaba tan cansado, y no gustándole la idea de dormir al raso, aceptó. Llegó a la habitación, y dejando sus petates en el suelo, se tumbó rápidamente en el catre, apagando así la luz para dormir. Al hacerlo pensó.
   -Qué afortunado soy, estoy a cubierto de cualquier peligro de la noche.
   No terminó esté pensamiento, cuando vio unos ojos, que desde el único ventanuco de la habitación, le observaban sin descanso. Eran amarillos, fríos y penetrantes como nunca antes había visto.
   Toda la noche estuvo despierto aterrado ante tal implacable mirada. Al clarear el día apareció claramente la bestia que tanto terror le infundía. Era una lechuza.
   Con esto termino esta serie de fábulas. Posiblemente me habré puesto excesivamente moralista, con la prepotencia que ello conlleva. Desde aquí pido disculpas, no fue esta mi intención. Más bien mi intención fue ayudar y procurar algo de luz en esto que llamamos vida. Como diría Groucho Marx: "Que paren el mundo que yo me bajo".

miércoles, 27 de julio de 2011

Cuentos orientales

   Este cuento fue publicado en la revista Vivatacademia en Septiembre de 2002.

   Su enlace en la aludida revista es Vivatacademia
   Habida cuenta de que son largos, la versión completa podrás descargarla en formato pdf en el siguiente enlace Cuentos orientales




Arturo Pérez París

Los cuatro monjes

   Cuatro monjes se retiraron a un monasterio, en la cima de una alejada montaña, para llevar a cabo un entrenamiento espiritual intensivo. Se establecieron en sus celdas y pidieron que nadie les molestase a lo largo de los siete días de retiro. Se autoimpusieron el voto de silencio durante esas jornadas. Bajo ningún concepto despegarían los labios. Un novicio les serviría esos días como asistente.

   Llegó la primera noche y los cuatro monjes acudieron al santuario a meditar. El silencio era impresionante. Ardían vacilantes las lamparillas de manteca de yak. Olía a incienso. Los monjes se sentaron en meditación, Transcurrieron dos horas y de repente pareció que una de las lamparillas iba a apagarse. Uno de los monjes, dirigiéndose al asistente, dijo:

- Estate atento, muchachito, no vayas a dejar que la lamparilla se apague.

Entonces uno de los otros tres monjes le llamó la atención:

- No olvides que no hay que hablar durante siete días y menos en la sala de meditación.

Indignado, otro de los monjes - dijo:

- ¡Parece mentira! ¿No recordáis que habéis hecho voto de silencio?

Entonces el cuarto monje miró recriminatoriamente a sus compañeros y exclamó:

- ¡Qué lástima! Soy el único que observa el voto de silencio.

Y es que, señores, no hay peor embuste que el del autoengaño y, además, siempre vemos la paja en el ojo ajeno y no apreciamos la viga en el propio.

El anciano

Un hombre de avanzada edad llamó a la puerta de un monasterio. Aunque era analfabeto y muy ignorante, vibraba en él el deseo de purificarse y encontrar la libertad interior.

   Solicitó humildemente que le aceptasen como novicio, pero los monjes y el abad del monasterio se dieron cuenta de que era analfabeto y de muy corto entendimiento intelectual. Le consideraron totalmente incapacitado para leer los sermones de Buda, recitar mantras o poder efectuar las ceremonial sagradas. Pero contemplaban en el anciano mucha motivación espiritual y un ardiente deseo por perfeccionarse.

   ¿Qué hacer, pues? No podía llevar a cabo ningún tipo de estudios, no entenderla la esencia de los métodos meditacionales y ni siquiera comprendería el sentido de los rituales. ¿Qué hacer entonces?

   El abad y los monjes hablaron sobre el tema unos minutos y decidieron permitir al hombre que se quedara en el monasterio. Pero, aunque fuere porque no se sintiera humillado, alguna ocupación había que asignarle. Le dieron una escoba y le dijeron que se encargará de mantener limpio el jardín del monasterio.

   Fueron transcurriendo los meses y los años. El anciano se aplicaba con minuciosidad y esmero en su sencilla tarea. Poco a poco los lamas comenzaron a percibir cambios en la actitud del barrendero. ¡Se le veía tan sosegado, contento y equilibrado! De todo él emanaba una atmósfera de paz infinita y contagiosa. Los monjes comenzaron a darse cuenta de que el anciano había ido consiguiendo un notable y evidente avance espiritual, un gran progreso anímico. Siempre era afectivo, nunca se inmutaba y era ecuánime en las palabras. Los monjes, extrañados, decidieron preguntar al barrendero qué prácticas o métodos especiales había desarrollado para conseguir un estado de mente tan lúcido, estable y ecuánime. El anciano dijo:

- No, amigos, no he hecho nada especial, podéis creerme. Diariamente, con mucha atención, me he dedicado a limpiar el jardín. He puesto, eso sí, mucho esmero y amor cada vez que barría las hojas, y cada vez que barría la basura y limpiaba el jardín pensaba que estaba barriendo la basura de mi corazón y limpiando mi espíritu. La verdad es que así, día a día, me he ido sintiendo más sosegado, contento y lucido.

   Y es que hace más el que quiere que el que puede.

El Rey de los Monos

   Los hindúes admiran profundamente a Buda, a pesar de que su enseñanza se salió de la ortodoxia hinduista. Esta historia tiene por protagonista a Buda y la narran los maestros hindúes. Además, hay otro protagonista en este cuento: el rey de los monos, personaje que se repite en los cuentos hindúes.
Un día el rey de los monos oyó hablar de Buda, al que consideraban sus seguidores un gran ser.

«Si es un gran ser -se dijo el mono- yo no puedo dejar de conocerlo. ¿Acaso no soy el rey de los monos? Está bien que a ese gran hombre le admiren, pero él me admirará a mí, porque soy fuerte, intrépido y poderoso».

   El rey de los monos se presentó ante Buda, que acababa de pronunciar un sermón precisamente sobre la compasión y la humildad. La verdad es que el mono era. ágil y fuerte, sin embargo, era sumamente arrogante y soberbio.

- ¿Qué tal estás, amigo? - le saludó el Buda con afecto.

- ¿Cómo voy a estar, señor? Miradme. Soy fuerte, valiente, ágil y listo. Soy el rey de los monos. No podría haber sido de otra forma. Nada me arredra y no hay lugar al que yo no pueda ir.

- ¿De veras? - preguntó con ironía Buda, sin que la misma fuera captada por el animal.

- ¡Y tan de veras! Te lo puedo demostrar ¿Dónde quieres que vaya?

- Si te empeñas - repuso Buda -, donde a ti te apetezca ir; aunque quizá deberías saber que el mejor sitio está dentro de uno.

   El mono le miró sorprendido. La verdad es que no era aquél un hombre corriente. Dijo con evidente prepotencia:

- Veloz como un rayo, con el ánimo diligente y recurriendo a todo mi poder, que es mucho, voy a viajar hasta el fin del mundo y luego volveré hasta ti.

- Si es lo que quieres...

- Te lo demostraré, gran ser.

   El mono dio un impresionante salto y partió veloz. Corrió con toda la energía de sus resistentes patas. Cruzó valles, dunas, desiertos, montañas, junglas, desfiladeros, cañones, ríos, mares, cordilleras. Fueron días y días de una galopante carrera, hasta que al final llegó a un lugar en el que divisó cinco inmensas columnas y más allá, el vacío absoluto. «No hay duda - se dijo -, éste es el fin del mundo». Para marcar su territorio, el mono orinó en aquellas gigantescas columnas. Luego regresó corriendo hacia el punto de partida. De nuevo atravesó velozmente, a lo largo de días, mares y ríos, cordilleras y valles, desiertos, dunas y desfiladeros. Llegó por fin donde estaba Buda.
Jadeante, el mono dijo: .......

(Versión completa en el pdf).


jueves, 21 de julio de 2011

Cuentos moralistas

Este cuento fue publicado en la revista Vivatacademia en Abril de 2002.

   Su enlace en la aludida revista es vivatacademia

 
   Habida cuenta de que son largos, la versión completa podrás descargarla en formato pdf en el siguiente enlace cuentos moralistas
 
 
 
 
Arturo Pérez París

Gurús...

La mayoría de los gurús de masas son unos farsantes que, con su repertorio de trucos bien estudiados, embaucan a1 discípulo incauto.
El gurú de nuestra historia era de este tipo. Se pasaba los días hablando del despego y decía:

- "El verdadero iluminado ha extinguido todo deseo, todo apego. Tal es mi caso. Para mí, amados míos, es lo mismo un terrón de arcilla que un lingote de oro"

Iba a visitar una ciudad en la que pensaba reunir un gran número de devotos. Anunció previamente a la asamblea espiritual:

- "Que cada cual traiga como presente lo que pueda. Para el que os va a hablar es lo mismo, os lo aseguro, un terrón de arcilla o un lingote de oro. Yo estoy más allá del apego"

Al atardecer infinidad de devotos acudieron a recibir la bendición y gracia del gurú. Algunas personas llevaban gallinas para ofrendarlas, otras transportaban frutas, otras flores o dulces. Un hombre muy rico llevó un lingote de oro y un hombre muy pobre aportó lo único que tenía: un ladrillo. Cuando acabó la asamblea espiritual y se fueron los visitantes, el gurú dijo a sus más próximos acólitos:

- "Quedaos con la comida que necesitemos para los próximos días y repartid el resto con 1os pobres, pero que se sepa que es una caridad que les hago"

Entonces el maestro cogió el lingote de oro y se lo guardó debajo de la túnica.
Un discípulo osó preguntar:

- "Maestro, si para ti es lo mismo un terrón arcilla que un lingote de oro, ¿por qué dejas el ladrillo y te llevas el lingote?"

Y el maestro dijo:

- "¡Cuán ignorante eres! Pues precisamente por eso, porque me es lo mismo un terrón de arcilla que un lingote de oro y, como no hago distinción, he cogido el lingote como podría haber cogido el ladrillo"

Y es que cuánto falso anda suelto por este mundo, y quizás sea éste el signo de los tiempos actuales, mejor dicho, desde que el mundo es mundo y a un primate se le ocurrió enderezarse y engañar a su prole para salir de la selva al "descampao". No nos engañemos, es mucho más simple y sencillo predicar que dar trigo ¿o no?

El tigre

Un cordero estaba saciando su sed en las límpidas aguas de un arroyo. Poco tiempo después llegó un corpulento tigre y se puso a beber unos metros por encima del área en la que estaba bebiendo el pacífico corderillo. De súbito, el tigre miró desafiante al cordero y le interrogó con acritud:

- ¿Se puede saber por qué estás enturbiando el agua que estoy bebiendo?

El cordero contestó:

- Pero, amigo tigre, ¿cómo puedo estar enturbiando tu agua, si está por encima de donde yo bebo en varios metros?

- ¡Insolente! -exclamó el tigre-. Pero ayer sí qué lo hiciste.

- Pero si ayer yo no aparecí por aquí -replicó el cordero.

- Pues entonces -dijo el tigre- fue tu madre.

- Mi madre, lamentablemente, murió hace mucho tiempo -explicó el cordero.

- Entonces fue tu padre.

- ¿Mi padre? ¡Oh, no! Ni siquiera he sabido nunca quién fue mi padre.

Temiéndose lo peor, el cordero se preparó para salir corriendo, pero no tuvo tiempo para ello. El tigre, implacable, se lanzó sobre el cordero y lo devoró.

Y es que, como en este cuento, siempre habrá gente "malvada" buscando pretextos para hacer daño a los demás. Las excusas son como el culo: todos tenemos uno. Por ello, lo mejor ante ellos/as, dos soluciones, o nos mantenemos fuera de su alcance, o nos buscamos aliados o mañas para hacerles frente. Con todo, si se opta por esta segunda opción, mejor recordar aquel viejo dicho castellano: "Enemigos los menos y muertos". Así que en función de nuestra naturaleza y posiblemente de las circunstancias, ante cuestiones como éstas, la imaginación al poder y que cada uno opte por la que esté más de acuerdo.

El barrendero

Un hombre de avanzada edad llamó a la puerta de un monasterio. Aunque era analfabeto y muy ignorante, vibraba en él el deseo de purificarse y encontrar la libertad y paz interiores.
Solicitó humildemente que le aceptasen como novicio, pero los monjes y el abad del monasterio se dieron cuenta de que era analfabeto y de muy corto entendimiento intelectual. Le consideraron totalmente incapacitado para leer los sermones de Buda, recitar mantras o poder efectuar las ceremonial sagradas. Pero contemplaban en el anciano mucha motivación espiritual y un ardiente deseo por perfeccionarse.
¿Qué hacer, pues?
No podía llevar a cabo ningún tipo de estudios, no entendería la esencia de los métodos meditacionales y ni siquiera comprendería el sentido de los rituales.
¿Qué hacer entonces?
El abad y los monjes hablaron sobre el tema unos minutos y decidieron permitirle al hombre quedarse en el monasterio. Pero, aunque fuere porque no se sintiera humillado, alguna ocupaci6n habían de asignarle. Le dieron una escoba y le dijeron que se encargará de mantener limpio el jardín del monasterio.
Fueron transcurriendo los meses y los años. El anciano se aplicaba con minuciosidad y esmero en su sencilla tarea. Poco a poco los lamas comenzaron a percibir cambios en la actitud del barrendero. ¡Se le veía tan sosegado, contento y equilibrado...! De todo él emanaba una atmósfera de paz infinita y contagiosa. Los monjes comenzaron a darse cuenta de que el anciano había ido consiguiendo un notable y evidente avance espiritual, un gran progreso anímico. Siempre era afectivo, nunca se inmutaba y era ecuánime en las palabras. Los monjes, extrañados, decidieron preguntar al barrendero qué prácticas o métodos especiales había desarrollado para conseguir un estado de mente tan lúcido, estable y ecuánime. El anciano dijo:

- No, amigos, no he hecho nada especial, podéis creerme. Diariamente, con mucha atención, me he dedicado a limpiar el jardín. He puesto, eso sí, mucho esmero y amor cada vez que barría las hojas. Cada vez que barría la basura y limpiaba el jardín, pensaba que estaba barriendo la basura de mi corazón y limpiando mi espíritu. La verdad es que así, día a día, me he ido sintiendo más sosegado, contento y lúcido.

Y es que hace más el que quiere que el que puede.

Los clavos

Érase una vez un chico con mal carácter. Su padre, para darle una lección, le dio un saco lleno de clavos y le dijo que clavara uno, en la verja del jardín, cada vez que perdiera la paciencia o se enfadara con alguien.
El primer día clavó 37 clavos. Durante las semanas siguientes se concentró en controlarse y día a día disminuyó la cantidad de clavos nuevos en la verja. Había descubierto que era más fácil controlarse que clavar clavos....

(Versión completa en el pdf).

lunes, 18 de julio de 2011

Brahmán

  Este cuento fue publicado en la revista Vivatacademia en Junio de 2003.

   Su enlace en la aludida revista es vivatacademia

   Su descarga en formato pdf se podrá realizar en brahman


Arturo Pérez París

  Para los hindúes Brahmán es la realidad suprema, el Alma Cósmica o Mente Única. A menudo los maestros hindúes declaran dirigiéndose a los discípulos:

Somos olas en el gran océano –Brahmán-, y que la ola está contenida en Él.

   Resulta que un joven fue a visitar a su mentor y después estar un buen rato charlando, el espiritual maestro dijo al muchacho:

-"Tú eres Él", indicando así que todos somos como las olas -"Tú eres Brahmán. Todo es Brahmán".

   El joven se retiró muy contento. Dejó la casita del mentor espiritual y se puso a pasear tranquilamente por la ciudad. Iba por medio de la calzada y de repente vio que, en dirección a él, se acercaba un descomunal elefante.

- "¡Apártate, apártate!" Gritaba el hombre que viajaba a horcajadas en el musculoso cuello del elefante.

-"¡Apártate, apártate!" gritaba a pleno pulmón el hombre.

   El discípulo se dijo a sí mismo:

-"Todo es Brahmán, este elefante, que es también Brahmán, no va a agredirme a mí que soy igualmente Brahmán. No me apartaré. ¿Apartarse? ¡Vaya tontería!"

   El elefante avanzó implacablemente hacia el discípulo. Cuando estaba frente a él le rodeó con la trompa, lo elevó en el aire y lo lanzó a una veintena de metros. El resultado es que el joven se fracturó numerosos huesos y hubo de estar en cama varias semanas. Medio repuesto, indignado, fue a visitar al maestro. Nada más estar ante él, se le encaró para decirle:

- "¡Vaya clase de maestro eres! ¿Así que todo es Brahmán?"

   Enfurecido, le contó al mentor lo que había sucedido. El maestro sonrió levemente y dijo:

- "Amigo mío, si todo es Brahmán, ¿me puedes explicar por qué no hiciste caso a Brahmán avisándote de que te apartaras?"
  
   Pues bien, queridos lectores, ¿qué sacamos en consecuencia de todo esto? Aparte de divertirnos a costa del chico de esta historia, entender que no es la letra, sino el espíritu de las enseñanzas lo que debemos asimilar ¿Cuántas veces nos ha sucedido que confundimos y mal interpretamos lo que creemos aprender?